Bam dormía. Eran las 5:26 a.m. del viernes 26 de diciembre de 2003 — una mañana de invierno en la ciudad desértica de Bam, en la provincia de Kermán, en el sureste de Irán — cuando un terremoto de magnitud 6,6 golpeó casi directamente bajo la ciudad. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) sitúa la ruptura en la falla de Bam, a unos 10 kilómetros de profundidad, con la sacudida más fuerte, intensidad IX, registrada en la propia Bam.
Las estimaciones varían, como suele ocurrir tras un desastre de esta escala, pero el resumen del USGS cifra el saldo en unas 31.000 personas muertas, 30.000 heridas y 75.600 sin hogar, con alrededor del 85% de los edificios de la zona de Bam dañados o destruidos. Un terremoto moderado había arrasado una ciudad — no por ser excepcionalmente grande, sino por lo que golpeó: una ciudad construida en gran parte con adobe, a la hora en que casi todos estaban en casa, en la cama.
El sismo de Bam fue un evento de desgarre (strike-slip), impulsado por la lenta colisión de la placa arábiga hacia el norte contra la placa euroasiática — unos 3 centímetros al año, según los estudios geológicos de la región. La ruptura avanzó por la falla de Bam, entre Bam y la vecina Baravat, y los instrumentos de Bam registraron una aceleración máxima del suelo de unos 0,98g — casi la fuerza completa de la gravedad, en horizontal.
La mayoría de las viviendas de Bam tenían una o dos plantas y estaban construidas con adobe u otra mampostería sin reforzar — materiales pesados, frágiles y con muy poco que pueda flexionarse. Al fallar, no dejaron los huecos en los que a veces aparecen supervivientes en edificios con estructura. Cayeron como barro pesado y escombros, en la oscuridad y el frío del invierno, sobre personas que nunca llegaron a despertar. Los hospitales de Bam también sufrieron daños graves, lo que complicó la atención a las decenas de miles de heridos.
Sobre la ciudad se alzaba Arg-e Bam, descrita ampliamente como la mayor estructura de adobe del mundo — una ciudadela fortificada de unos 2.000 años, en la antigua Ruta de la Seda. El terremoto la dañó gravemente, derribando muros y torres que llevaban siglos en pie. Su pérdida no fue la pérdida humana, y ningún relato de Bam debería confundir ambas. Pero mostró, en una sola imagen que el mundo pudo entender, hasta qué punto la sacudida había deshecho incluso el símbolo más duradero de la ciudad. Bam y su paisaje cultural se incorporaron a la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2004, y la paciente reconstrucción de la ciudadela continúa desde entonces.
Bam se convirtió en uno de los estudios de caso más claros del riesgo sísmico: la magnitud es solo el principio de la historia. Un 6,6 lejos de la gente, o bajo una ciudad construida con códigos modernos, es un evento grave. El mismo 6,6, somero, a las 5:26 de la mañana y bajo viviendas de adobe sin reforzar, es un desastre con víctimas en masa. Como ocurrió con İzmit en 1999 y Christchurch en 2011, el veredicto posterior recayó menos en la geología que en los edificios.